El coaching es una disciplina que últimamente se está implantando en nuestro entorno. Proviene de los Estados Unidos y consiste en un método de trabajo que parte de que las personas tienen el conocimiento, los recursos y las habilidades necesarias para conseguir los objetivos y metas que se propongan.

 

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El papel de la persona coach es el de acompañar a su cliente/a en ese camino desde la definición de su objetivo hasta la consecución del mismo, a través de clarificaciones, contrastes, cuestiones, reflejos, etc.

Si hay una capacidad que me parece absolutamente relevante en este acompañamiento, es la de la suspensión del juicio. Tanto en el coaching individual, como en el de equipos, el objetivo es el de ayudar a avanzar desde el lugar en el que se encuentre la persona o el equipo, sea el que sea, hacia su meta o hacia una mayor efectividad.

No hay nada que arreglar. Todo está bien. Es preciso, por lo tanto, abandonar pretensiones arrogantes de aplicar los propios mapas mentales de cómo deben ser las cosas, para permitir a las personas simplemente SER.

Esto está derivado de alguna manera de nuestra necesidad de controlar todo. Algo que es una absoluta quimera. Hay un sesgo de género en ello. A las mujeres nos han educado para controlar en lo privado tratando de saber lo que piensan y sienten las personas de nuestro entorno para contribuir al mismo tiempo a su felicidad, mientras que a los hombres se les ha educado para controlar en lo público, en la defensa y en las amenazas del territorio, controlando enemigos o rivales potenciales

El control es positivo porque aporta predicción, pero en ambos casos está abocado al fracaso.

Por otro lado, partir de categorizaciones y etiquetas basadas en juicios y creencias personales es el antagonismo natural de la apertura al cambio y a la evolución que tenemos como seres humanos. Cuando utilizamos frases como “la conozco como la palma de mi mano” o “lo conozco como si le hubiera parido”… nos arrogamos la potestad de juzgar y de vaticinar cómo una persona va a ser en su futuro, en base a conjeturas basadas en experiencias del pasado. Negamos de esta manera el hecho de que las personas estamos en continuo cambio y negamos el derecho a la persona a evolucionar.

Además, convertimos nuestras opiniones subjetivas, producto de las gafas con las que nosotros/as miramos el mundo, en hechos fácticos incuestionables y esa es una de las mayores perversiones de la relaciones personales.

Se trata, por lo tanto, de asumir que las personas somos diferentes y nuestras formas de hacer también son diferentes, ni mejores, ni peores. Habrá que testar los resultados y valorar cuales son las más apropiadas pero huyendo del maniqueísmo y de la categorización.

Esta forma de ver a las personas con generosidad, huyendo de etiquetas y categorías ofrece una nueva perspectiva en la cuestión de género.

Cuando miras a alguien asumiendo que es capaz, la persona lo percibe. ¿Con qué mirada nos miran a las mujeres y nos miramos nosotras?

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Imagen: Miren Lauzirika

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