Creo que no hay mejor enfoque para hablar de fracaso y de cómo abordarlo que el de una misma y el del aprendizaje de nuestras propias experiencias. Escribir sobre el fracaso es todo un desafío. Tecleo la palabra y acto seguido se activa en mi cerebro alguna experiencia reciente que acomodo en esa temible categoría. Entonces…se abre el silencio…la reflexión…la emoción. Todo se conecta, primero, a un lugar de dolor para transitar por la culpabilidad o la frustración o un montón de sensaciones más que, para nada, las vivo positivamente. Pero antes de seguir con la historia, quiero hacer una parada en el diccionario.

¿Qué es el fracaso?

Ya que estamos entre mujeres, acudiré primero a mi admirada María Moliner quien recoge así el concepto:

«Caída con estrépito y rompimiento o hundimiento estrepitoso de algo. Contratiempo inopinado. Acción y efecto de fracasar. Cosa que resulta mal. Hecho de salirle mal a alguien cierta cosa. Alteración brusca del funcionamiento normal de un órgano».

La R.A.E. añade otra línea:

«Malogro, resultado adverso de una empresa o negocio».

Como tercera opción voy al diccionario de palabras afines, un descubrimiento que me abre un mundo de posibilidades cuando me siento atrapada en una sola visión. Aquí encuentro una rendija por la que se cuela un haz de luz. Entre el malogro, el revés, el tropiezo, la falla, la quiebra, aparece el ocaso. ¡Qué bonita excusa asoma para analizar cómo abordar el fracaso y avanzar desde él!

El fracaso, en nuestra cultura, es algo terrible; es una vergüenza. Intentar algo y no lograrlo se vive, lo vivimos, lo vivo, con pesar. Pero nos olvidamos de que en ese camino suceden algunas cosas que, desestructuradas, nos ayudan a gestionar mejor “el día después”.

Errar supone haberlo intentado. Este hecho ya en sí es un logro en la vida de muchas mujeres. Pararte a pensar en un cambio que deseas hacer en tu vida, compartirlo, contrastarlo y analizar pros y contras es un paso difícil; reconocer lo que tenemos y aportamos para poder ofrecerlo a otras personas es un reto; y lanzarnos a la piscina para apostar por ese sueño (pequeño, mediano o grande, me da igual) es magnífico y vertiginoso. Intentarlo ya conlleva todas estas cosas.

En un segundo momento llega la acción. Errar supone haber hecho. Si yo fracaso es porque, además de intentarlo, he hecho cosas; y cuando hago cosas, aprendo. Llenamos nuestras mochilas de nuevas informaciones que, llevadas a la práctica, siguen enriqueciéndonos para avanzar. Cada día que pasa somos mujeres más enriquecidas, con más experiencia de vida. Esta es la acción.

Finalmente, errar significa que las cosas no salen según lo previsto y aquellas expectativas que teníamos puestas en nuestros sueños no se alcanzan. Vamos, que fracasamos. Y (vuelvo a mi experiencia) yo lucho por no quedarme ahí atrapada, pegada a esa sensación horrible en la que todo me pesa. Lucho por ver algo más, ver todo lo que he hecho para estar aquí, todo lo que he aprendido y avanzado y todo lo que también continúo aprendiendo por el mero hecho de fallar. Esto me permite construir un futuro con una mayor capacidad, con más conocimientos y también con otra actitud.

Cierro mi reflexión en voz alta engarzando el fracaso a ese ocaso. Al cierre de un día que se abre con otro nuevo día distinto, ni mejor ni peor, pero nuevo y lleno de oportunidades para seguir avanzando.

FRACASAR = INTENTAR + HACER + APRENDER

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