A nivel personal y social, los valores y las virtudes, como predisposiciones a tener un comportamiento ético, son elementos que vamos conquistando a lo largo de la vida y que no se pueden cosechar de un día para otro. Se trata de una inversión a largo plazo y, por lo tanto, incompatible con la urgencia que impide nuestro desarrollo como personas, al menos si nuestra intención es que esté basado en cuestiones como la confianza, la lealtad y el compromiso.

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Image courtesy of Sura Nualpradid / FreeDigitalPhotos.net

La maldición del cortoplacismo obliga a tomar decisiones sin apenas dejar tiempo para la reflexión y menos aún para decidir anticipando el futuro. Precisamente cuando el contexto actual exige flexibilidad y capacidad de tomar buenas decisiones y diseñar estrategias que no se limiten al aquí y al ahora.

El sociólogo estadounidenses Richard Sennett, en su libro “La Corrupción del Carácter” describe cómo el capitalismo hace prácticamente imposible la formación del carácter, tanto para las personas, como para las empresas.

Para Sennett el carácter “se centra en particular en el aspecto duradero a largo plazo de nuestra experiencia emocional. El carácter se expresa por la lealtad y el compromiso mutuo, a través de la búsqueda de objetivos a largo plazo“. Y continúa diciendo que “el carácter se relaciona con los rasgos personales que valoramos en nosotros mismos y por lo que queremos ser valorados“.

Sin embargo, ¿cómo es posible construirse como personas (a largo plazo), si vivimos en un mundo, especialmente en el ámbito laboral, centrado en la inmediatez y en las decisión del día a día?.

En este vertiginoso contexto económico y laboral, esa falta de perspectiva estratégica a largo plazo amenaza nuestra propia construcción como personas y como profesionales; el trabajo ha dejado de ser estable para convertirse en efímero y precario; la identidad que antes daba el ejercicio de la profesión, ahora ha sido sustituida por el objetivo de ser “empleable”, lo cual implica que se puede trabajar prácticamente en lo que sea y que valemos lo mismo “para un roto que para un descosido” y finalmente parece que la profesionalidad del futuro apuesta por redes de profesionales que convergen en proyectos puntuales y que se disipan con la misma flexibilidad con la que se crean.

Por su parte, el mundo político e institucional se ve limitado, a su vez, por los calendarios electorales que impiden el desarrollo de visiones a largo plazo y la perspectiva de la confianza y el compromiso para con objetivos de largo alcance y gran valor estratégico.

Este elemento del largo plazo, está vinculado, por lo tanto, con el valor de la identidad identificado dentro del acrónimo IPICA como concepto de carácter estratégico para el desarrollo futuro del Bilbao Metropolitano y de cualquier entorno.

¿Cómo podemos las mujeres construir nuestra identidad profesional en este contexto? ¿En qué medida afecta a los valores en igualdad?

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