Me gustaría rescatar en este post un concepto sistémico que me parece sumamente interesante y, a pesar de ello, quizá poco conocido: el de la circularidad.

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En lenguaje llano y llevado al mundo de las relaciones humanas, viene a decir que todas las personas somos causa y efecto de las cosas que nos suceden.

Desde nuestra más tierna infancia, aprendemos a “escurrir el bulto”, echando la culpa de nuestros comportamientos poco decorosos a las provocaciones de otras criaturas: “le he pegado porque me ha insultado”, “me ha provocado”, “la culpa es suya…”… y así, tranquilamente adquirimos el hábito del victimismo propio y de la culpabilización de lo externo.

Este esquema es muy atractivo. Tan atractivo que muchas personas se instalan en él durante toda la vida para evitar llevar sobre sus hombros la pesada carga de la responsabilidad. Desde esta perspectiva, el mundo se ilumina desde una nueva dimensión. Yo no tengo la culpa de nada. Si algo malo me sucede, es porque causas externas a mi control se han confabulado contra mí o porque las demás personas no me entienden, me malinterpretan, no me valoran, etc., etc., etc.

Sin embargo, el victimismo es un arma de doble filo. Cuando no eres parte del problema. No puedes ser tampoco parte de la solución. Como magníficamente explican grandes gurús del desarrollo personal y del management, el hecho de eximirte de la responsabilidad, te alivia del sentimiento de culpa, pero a cambio hay que pagar el peaje de la falta de control sobre tu propia vida. ¿Qué sale más caro?

En el caso de la mirada sistémica, la circularidad implica precisamente eso: ganar conciencia de que lo que yo puedo vivir como una provocación, puede ser respuesta a su vez a otra supuesta provocación mía anterior… Nada es casual. ¿Qué fue antes: el huevo o la gallina? Yo también soy co-responsable del clima emocional de los diferentes sistemas en los que vivo.

Esto, llevado a la dimensión de género, implica que no sólo la discriminación activa, sino la permisividad, la “callada por respuesta” y mirar hacia otro lado también son respuestas. Hay ineludiblemente una responsabilidad individual por parte de todas las personas, hombres y mujeres, en que nuestro sistema funcione de la manera que lo hace.

Es necesario desentrañar qué finalidad está cumpliendo la discriminación de género en nuestro sistema, para poniéndola sobre la mesa, buscar formas alternativas que cumplan ese mismo objetivo o finalidad subterránea, sin llevarse por delante el valor de la igualdad de las personas.

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Imagen: Miren Lauzirika

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