A nivel profesional, este último año está siendo “un poco convulso”, por llamarlo de alguna manera.  Soy consciente de que es una situación bastante generalizada entre las pymes vascas y por lo que me contáis algunas de vosotras, estamos todas afrontando los cambios de forma pro-activa: intentando abrir una nueva línea de negocio, definiendo una nueva estrategia empresarial a largo plazo más ambiciosa o simplemente diferente,….

mujeres-elegir-autoinmolarse

Por mi parte, para afrontar ese cambio, estoy formándome en otras áreas que complementen los servicios que ofrezco a mis clientes. En una de esos cursos, un taller de Mindfulness impartido por Andrés Martín Asuero, de la mano de Emana,  tuve una experiencia personal interesante y que me gustaría compartirla con vosotras por si os sentís de alguna manera identificadas.

La situación que se nos planteó fue la siguiente: nos dividieron en 5 grupos, intentando equilibrar el número de participantes masculinos en cada grupo. Según Andrés, el profesor, el sexo influía de manera determinante en el resultado del ejercicio. En nuestro equipo, no pudo ser, por lo que las mujeres éramos mayoría.  El juego consistía, básicamente, en obtener el mayor número de puntos. Nos dieron dos tarjetas, una amarilla y otra naranja y unas reglas de juego que podríamos resumir diciendo que si todos los grupos sacábamos la tarjeta amarilla a la vez, ganábamos todos 100 puntos, si todos los equipos sacábamos la naranja a la vez, perdíamos todos 100 puntos. Si solo un equipo elegía la amarilla y el resto la tarjeta naranja, ese equipo perdía 300 puntos mientras los demás ganaban 300 puntos.

Mi equipo decidió desde el principio buscar el bien común a nivel grupal e inició el juego mostrando la tarjeta amarilla. El resto de equipos eligió iniciar el juego sacando la tarjeta naranja. Perdimos 300 puntos.

En la siguiente jugada, debatimos entre nosotras, llegando a la conclusión de que el resto de grupos esta vez sí se darían cuenta de su error y de que todos y todas salíamos ganando si elegíamos la tarjeta amarilla de forma general. Por ello, repetimos estrategia. De nuevo, fuimos el único grupo que perdió 300 puntos.

Debatimos entre nosotras una vez más, para decidir si cambiábamos de estrategia. La decisión fue continuar como hasta ahora convencidas de que con nuestra actitud haríamos ver al resto de equipos “cuál era el camino más ético”. Sin embargo, el resultado fue de nuevo desastroso para nuestro equipo.

Por supuesto, a estas alturas del juego, el resto de equipos, que acumulaba puntos de forma estratosférica, estaban totalmente encantados de que iban ganando gracias a nuestra auto-inmolación, por lo que no se cuestionaban en ningún momento cambiar de estrategia. ¿Por qué iban a hacerlo si les iba genial? Además, nos habían perdido totalmente el respeto porque nuestra estrategia no era en absoluto coherente con el objetivo: ganar puntos.

Inconscientemente, habíamos cambiado de objetivo: cambiar el mundo aunque el mundo no quiera cambiar, a costa de nuestro sacrificio.

¿Por qué las mujeres, entre las que me incluyo, elegimos auto-inmolarnos por el bien común? ¿Por qué aceptamos tan fácilmente perder poder económico al elegir jornadas reducidas por el bien de nuestras familias? ¿Por qué aceptamos (tan fácilmente) ver reducidas nuestras pensiones de jubilación al pedir excedencias para el cuidado de hijos/as mayores? ¿Por qué tan fácilmente?

Quizá tengamos otros valores más importantes que el dinero o el crecimiento profesional,  dentro de nuestros objetivos pero al final, estamos sacrificando nuestro dinero, nuestra carrera. Si nos vamos a inmolar, por lo menos, ¿por qué no venderlo caro? De otra manera, creo que  corremos el riesgo de perder el respeto de nuestro entorno. ¿Estáis de acuerdo?

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