No escribo porque estoy bien. Aunque esta afirmación parezca absurda, en mi caso, es así. Llevo años escribiendo y básicamente he escrito cuando no estaba bien, cuando sentía el desorden en mi vida, en mi cabeza. Escribir me permitía destilar. En el fluir de la escritura no pautada, una se deja llevar y sale lo que debe salir con una jerarquía caprichosa que no responde a una racionalidad, al menos, consciente. Yo, mujer de fe en cuestiones como esta (que llenaban y guiaban mi vida) concedía a esas palabras azules, cursivas, aceleradas, un estatus mayor que el que mi razón, seguro coartada y coercitiva, les iba a dar; confiando, así, que lo que mis dedos destilaban eran la esencia, mi verdad, lo que en ese momento debía emerger.

Después de escribir no leía lo escrito. Dejaba que las letras reposasen para que cobrasen, pasado un tiempo tras la salida de mi mente, otro sentido: el sentido del día después. Era importante hacerlo así porque el fragor del momento, emoción aleatoria pero emoción al fin y al cabo, tenía que dar la vez a un nuevo elemento que entraba, la calma. Y, creedme, ésta escaseaba en mi vida. Precisamente por eso, como decía antes, escribía.

Hoy me doy cuenta de que esos monólogos, a los que otorgaba forma de diálogo puesto que daba un protagonismo personalizado al propio papel en blanco (llegaba incluso a tutearlo), me ayudaban a generar nuevo conocimiento; nuevo conocimiento sobre mí y el tema que escribiese. Sin duda, el amor y el desamor fueron grandes capítulos de mis aún conservados manuscritos; pero, dialogando por ejemplo sobre este tema, inquietante en la adolescencia y no menos en la madurez, llegué a la construcción del amor que hoy poseo.

Recuerdo, cito otro ejemplo, una carta que le escribí al entonces príncipe (actual rey de España) cuando tenía doce años. En esa carta reflexionaba sobre lo injusta que me parecía la monarquía y su ley sucesoria. Fueron unos pocos los borradores preliminares a la epístola final. Su destino: un periódico. No la publicaron pero tampoco me importó. Hoy comprendo que esa no era su finalidad. Sigo siendo republicana y mi convicción se fraguó en ese escrito.

Esta tarde reflexionaba, no sobre el tiempo que llevo sin escribir (mi profesión me lleva a hacerlo con bastante frecuencia y en distinto foros), sino sobre la necesidad que tengo (ya menos) de escribir. Curiosamente, he sido consciente de ello al sentir necesidad de escribir, de hablar sobre lo que ahora mismo estoy hablando. ¿Por qué últimamente siento esa necesidad con menos intensidad? ¿Qué función cumple la escritura en mi vida? Me he parado, he llenado una copa de vino, lo he degustado, los primeros pensamientos han llegado de visita y me he puesto a escribir. Hoy me doy cuenta de que hablo más con otras personas. Con algunas lo hago de manera regular. Pauto nuestros momentos conversacionales. Hablamos todas las semanas. Estas conversaciones ordenan conocimiento, amplían el mío, me permiten cuestionar verdades y me hacen ser consciente de lo poco que sé (“the more I learn the less I know”, esta frase de un reggae adolescente de UB40 me persigue); estas conversaciones me sientan bien. Veo, así, que necesito conversar, con o sin papel; para ser, para ser mejor, para ser más, más yo, más yo con el mundo que me rodea, con mi mundo.

Hace ya unos días que celebramos nuestra jornada sobre Diálogo y organizaciones. Invitamos a Manel Muntada para hablar sobre conversaciones. Y escuchándole, antes, durante y después del evento, fui testigo de lo importante que es hablar, dialogar, conversar para saber-se uno, una, y para saber-nos todos, todas. Esa conversación, durante muchos años para mí, ha tenido forma textual, pero no dejaba de ser una conversación desdoblada, yo-mi-me-conmigo, caracterizada con maestría por el papel, el papel que calentaba mi mano mientras ésta viajaba.

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