Como mujer joven trabajadora y empresaria en el sector de la construcción, debo decir que me siento inmersa en un mundo de hombres.

En mi sector, las obras de rehabilitación de edificios, me encuentro mayoritariamente acompañada por hombres como mano de obra directa: son, para que nos entendamos, los que se ensucian las manos, los albañiles, fontaneros, pintores, electricistas, y podría seguir un rato nombrando todos los oficios de la construcción que conozco y con los que comparto mi día a día.

Las mujeres aparecemos en este sector con un cargo de responsabilidad, como jefas de obra, responsables de seguridad, o dirección de obra. En mi caso concretamente, soy propietaria de una empresa de reformas, poco habitual todavía.

Aunque también soy jefa de obra, encargada, transportista, administradora, contable, comercial, y un sinfín de trabajos más que l@s autónom@s desempeñamos cada día. En mi caso personal, me ha venido bien mi experiencia como madre, ampliando mi resistencia al no, a afrontar retos con cariño y a desarrollar mi capacidad multifunción.

En ocasiones me encuentro con ataques a mis acciones, en los que argumentan mi condición de mujer y de juventud respecto al sector, como si fuese un despropósito de difícil arreglo. Ambas condiciones no son objeto de discusión, son parte inseparable de mí, un aporte fresco, vital y positivo que se nota en todo lo que hago.

No es algo que tenga que defender, ni argumentar, ni convencer a ninguna persona por sí misma. No es mi tarea abrir los ojos a las personas que no quieren ver ni puedo hacer entender a las que no quieren escuchar.

Recientemente me preguntaba un cliente por qué yo, siendo mujer, me había metido a crear una empresa de construcción, una profesión de hombres. Y allí estaba yo, explicándole que me metí en ello por vocación, y porque no sentía que fuera “cosa de hombres”. Ni mi familia ni mi entorno me educaron así, soy y me siento una persona libre y así lo manifiesto en todo lo que hago.

En estos años de profesión, he aprendido que existe un segmento social, con ciertos prejuicios manifiestos hacia las mujeres, y que se me declaran como enemigos con pocas presentaciones. Como no se puede gustar a todo el mundo, evito a las personas con ese prejuicio, que les impide ver o poder valorar mi trabajo más allá de mi género.

Creo que, poco a poco, como sociedad vamos avanzando por el buen camino, tratando de educar en entornos libre del machismo. Y confío en que conseguiremos ser personas libres,  que disfrutamos de la convivencia y ventajas que nos ofrece compartir trabajos y responsabilidades, con amplitud de géneros.

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Imagen: Miren Lauzirika.

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