¿Te has parado a pensar por qué diste el paso o te estás planteando emprender? 

Tal como muestran distintas fuentes (OCDE, 1994 y ECSB, 1997), las pequeñas y medianas empresas representan el principal agente de crecimiento económico y fuente de empleo. Por lo tanto y dado el actual contexto de crisis, el emprendimiento aparece como una forma alternativa de carrera profesional, ante la escasez de oportunidades en el trabajo por cuenta ajena y en la Función Pública.

Así mismo, varios estudios apuntan algunas tendencias laborales que se están produciendo en los últimos años: menos énfasis sobre la seguridad material y más sobre las necesidades sociales o la autorrealización; búsqueda de más autonomía e independencia; descenso de la centralidad del trabajo; preferencia por el autoempleo y el trabajo en pequeñas empresas; mayor énfasis sobre los derechos y menor sobre las obligaciones. Todo lo anterior, unido a las nuevas posibilidades tecnológicas y a la flexibilidad que ofrece el emprendimiento a la hora de compaginar la vida laboral y familiar está contribuyendo al crecimiento del emprendimiento, al surgimiento de modelos flexibles y a la descentralización del trabajo.

Sin embargo y acercándonos a las circunstancias individuales, existen personas que se ven abocadas a buscar en el emprendimiento una alternativa profesional frente al desempleo o a la precariedad del trabajo por cuenta ajena (Palací y Moriano, 2003) y otras que emprenden por “vocación”, es decir, porque desean crear su propia empresa y llevar a cabo su idea de negocio.

En cuanto a las principales características de personalidad de las personas emprendedoras, según McClelland (1995) una de las motivaciones para emprender reside en una alta motivación de logro que impulsa a quienes emprenden a mejorar, afrontar objetivos desafiantes y asumir riesgos calculados.

Bonnett y Furnham (1991) llegaron a la conclusión de que las personas emprendedoras presentaban una mayor percepción de control interno, que se refiere al grado en que se percibe el éxito y/o fracaso de la conducta como dependiente de sí mismo/a, frente al control externo, dependiente del contexto. Frese, Fay, Leng, Hilburger y Tag (1996), por su parte, proponen la iniciativa personal como rasgo de personalidad esencial de las personas emprendedoras que implica un acercamiento activo al trabajo y automotivación.

Otras características personales de este colectivo no mencionadas hasta ahora serían: adaptabilidad, autonomía, capacidad de asumir riesgos, confianza en sí mismo/a, fijación continua de objetivos, innovación, perseverancia, poder de persuasión, proactividad, tolerancia a la incertidumbre, autoestima

Finalmente, desde la Teoría de la Autoeficacia de Bandura (1977) se ha postulado que el concepto de autoeficacia constituye un elemento clave en la actividad emprendedora. La investigación empírica ha demostrado cómo las personas que se sienten capaces de desempeñar determinadas tareas, las desempeñan mejor, persisten en ello, incluso en la adversidad, y son capaces de afrontar mejor las situaciones de cambio (Salanova, 2004). Por otro lado, diferentes estudios han probado que las creencias de la persona sobre sus propias capacidades para crear y gestionar una nueva empresa influyen positivamente en la intención de emprender (De Noble et al., 1999; Jung et al., 2001).

 Si ahora vamos a los números, observamos que diferentes estudios internacionales han señalado que, en general, la ratio entre hombres y mujeres emprendedores es de 1,8, por lo que existe prácticamente el doble de hombres dedicados a la actividad emprendedora que mujeres. Los niveles más equilibrados de emprendimiento en función del género se sitúan en Australia, Países Bajos, Luxemburgo, Dinamarca, Austria, Kazakhastan, Sudáfrica, Singapur y Tailandia.

Por otro lado, en 2014 la encuesta GEM confirma que, aunque la mayoría de las personas que se encuentran desarrollando una actividad emprendedora en sus primeras etapas son hombres, no existen diferencias entre hombres y mujeres en cuanto a atributos personales.

¿Qué ocurre entonces para que exista esa disparidad? El miedo al fracaso parece ser ligeramente superior en las mujeres; la motivación para emprender en el caso de las mujeres suele ser más frecuentemente por razones de necesidad y las mujeres muestran más dudas en relación con su eficacia para emprender.

No cabe duda de que además de lo anterior, también inciden otras variables sociales, como la dificultad para conciliar la vida personal y profesional, así como los roles y estereotipos socialmente aceptados sobre lo que significa emprender y cómo estos se conjugan con las variables de género.

En vista de todo lo anterior, es preciso asumir cómo las percepciones sobre nuestra capacidad tienen una enorme repercusión en nuestras posibilidades reales de enfrentarnos a los retos presentes y, en consecuencia, a la actividad emprendedora. La primera clave es, por tanto, hacernos conscientes de nuestra propia valoración a la hora de enfrentarnos al reto del emprendimiento.

¿Te atreves a mirarte con objetividad? ¿Cuáles son o fueron tus razones para emprender?

razones para emprender

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