Érase una vez un producto que nació sin objetivo en la vida. Nació del orgullo del padre y de la madre y ninguno de los dos se planteó que el producto querría tener identidad propia, su propia razón de ser.  El producto fue creciendo y amoldándose a la voluntad de quienes le dieron la vida, creció sin mayor objetivo que su propio crecimiento y alimentar el ego de sus progenitores. Y fue infeliz por qué no servía para nada.

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Los servicios, los proyectos,  los productos, nacen para solucionar un problemaNo tienen valor por sí mismos. Si no solucionan problemas, no resuelven necesidades, están vacíos de contenido, producen insatisfacción y son, en definitiva, una pérdida de tiempo. ¡Por muy bonito que nos quede! Si su concepción no ha partido de una necesidad concreta, medida, cualificada, es difícil que solucione un problema existente, (¡sería una tremenda casualidad que acertemos en solucionar un problema que ni habíamos considerado!).

Por ello, al iniciar una relación con una nueva empresa,  ya sea ésta cliente, proveedora, partner,…es mejor “perder” el tiempo definiendo claramente los parámetros que van a definir la relación, las personas involucradas en el proyecto y su responsabilidades en el mismo,  y sobre todo, qué se espera de nosotras o qué esperamos nosotras recibir. En definitiva: ¿cuál es el problema?

Para ello deberemos preguntar, preguntar y preguntar. “Perder” el tiempo pensando en qué preguntas hacer para concretar los puntos clave que van a definir el servicio/producto: ¿cuál es la solución ideal para nuestra clientela?

Soy partidaria de recoger por escrito lo comentado en cualquier reunión por informal que sea. No significa que estemos escribiendo mientras nos reunimos si no que cuando lleguemos a la oficina, lo primero que hagamos sea recoger por escrito la reunión. No solamente las conclusiones sino nuestra “interpretación” del problema planteado y  enviar el documento a las personas que asistieron al encuentro,  de tal manera que puedan aportar o modificar el contenido, evitando las “malas interpretaciones”.

Si empezamos suponiendo, presuponiendo, con los puntos clave poco definidos, etc. corremos un riesgo muy grande de perder el tiempo, trabajando en un proyecto que no le va a servir a nadie. Muchas veces las ganas de trabajar, las ganas de presentar “algo concreto” , las ganas de aportar soluciones, las ganas de “hacer”,  en definitiva, las ganas de demostrar “lo buenas profesionales que somos” nos hace perder oportunidades.

Somos buenas en nuestro trabajo pero no somos adivinas ni tenemos el poder de Apple para crear necesidades en nuestra clientela. Nuestra eficiencia, nuestra reputación va a quedar marcada en cada servicio que realicemos. No las arriesguemos por la prisa, por nuestro miedo a perder la oportunidad. Podemos perder algo más: la confianza de la clientela.

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Imagen del post: Miren Lauzirika

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