Como le comenté a una amiga, socia y compañera de Emakumeeekin, “Las vacaciones me las tomo muy en serio”. ¿Por qué? No, mejor: ¿Para qué? Bueno, mejor mezclamos el adverbio y la preposición.

Porque las vacaciones me sirven para:

  • Para relajarme
  • Para ampliar mis conocimientos (cultura, costumbres, gastronomía, geografía, lenguas…)
  • Para conocerme más (ante nuevas circunstancias, cómo reacciono, me desenvuelvo…)
  • Para relacionarme y conocer nuevas personas
  • Para inspirarme
  • Y como leí de pequeña en el Reader’s Digest (¿que no te suena? Es que eres muy joven ;-), para llenar la mochila de recuerdos y experiencias (¿para qué? La respuesta daría para otro post).

Se suele relacionar el viajar y las vacaciones con placer y felicidad. Las circunstancias y el clima suelen acompañar para facilitar esas emociones placenteras. Pero no siempre es así. En mi caso particular no todo es de color de rosa ni tan bonito como las fotos que cuelgo en Facebook. Detrás hay mucho trasfondo. Decisiones y creencias. Y aprendizajes. Compartirlas daría para otro post. Me voy a limitar a los inicios. Cuando tomas la decisión de tomarte vacaciones, alternar las vacaciones con diferentes personas y encadenar un viaje con otro.

“¿Cómo te puedes permitir tantas vacaciones?” “¿No sería mejor ahorrar?” “Los tiempos son inciertos”, “De mayor quiero ser como tú”…

Esto último, ¿qué quiere decir cuando quien te lo dice es una persona ya adulta y madura, digna de admiración? En vez de halago, lo interpretas como una cierta crítica velada.
¿Y el verbo “permitir”? Creo que muchas veces no se refieren al tema económico sino que es mucho más profundo. Detrás está la creencia del “trabajo duro”, “esfuerzo” y “sacrificio” -y más en el caso de una emprendedora-; una carga pesada en esta sociedad judeocristiana, que creció con “la letra con sangre entra”. ¡Y estamos hablando de tan sólo 22 días laborables!

Por lo tanto, en mi caso al menos, insegura por naturaleza, he debido hacer uso de mi memoria y recordar tanto mis valores como la visión que me he marcado en la vida. No me ha quedado otra que ser consecuente y valiente. Y es costoso. (Y no hablo desde el punto de vista ni económico ni material). Me he sentido en la obligación de dar muchas explicaciones en la familia, a mis amistades, a colegas y compañeros/as. Y sobre todo, he tenido que mantener un diálogo interno muy serio conmigo, para recordarle que viajar, expandir horizontes y generar experiencias forma parte de mi yo genuino (mi yo más yo). ¿Y cuál es el tuyo? ¿Cómo surge? He tenido que recurrir a la amabilidad que tantas veces repite Susana Zaballa en sus prácticas de mindfulness, para relajar la ansiedad y culpabilidad que crecían en mí.

Los valores tienen razones que la razón no entiende. Ahora que comienza el curso voy a poner en práctica lo que año tras año durante las vacaciones aprendo de mí.

  • Que cuanto más tranquila, relajada y a la vez atenta a mi alrededor, más oportunidades se me generan.
  • Que la suerte me acompaña cuando soy amable con las demás personas y conmigo misma, y
  • Que siempre encuentro soluciones a todo aunque me encuentre en lugares desconocidos, con personas desconocidas y con el desconocimiento de la lengua.

Confío, siempre confío, y la intuición no me falla.
En el emprendizaje, en el que construimos sobre lo desconocido y desconocemos lo que el mañana nos depara, espero que la amabilidad, la confianza y la intuición os acompañen.
Y de tanto en tanto, acordaros de vuestros valores. Sed consecuentes y valientes.

¿Cuál es vuestro yo genuino? ¿Cuándo brilla? ¿Cuándo, cómo y ante quién entonas el “mea culpa” sin tener culpa de nada?

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Imagen: Amaia Agirre

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