Somos seres sociales; esta afirmación la tenemos interiorizada. Vivimos en sociedad; parece que una simple mirada alrededor confirmaría este supuesto. Pero, en ocasiones, dejamos de lado el valor y la fuerza de las otras personas para avanzar en la vida.

Paradójicamente, a pesar de vernos sociales y vivir rodeados de personas, somos individualistas y nos creemos poco dependientes. La palabra «dependencia» cobra un sentido negativo en nuestra era. Yo apuesto por ponerla en otro lugar, en el lugar en el que si nos sabemos «con el otro», «por el otro», «ante el otro», «desde el otro», «hacia el otro» ser humano, crecemos.

Y esta realidad la vemos en nuestras organizaciones, aunque nos cuesta ponerla en práctica. Trabajamos en áreas, departamentos, oficinas aisladas, separadas, que dificultan la percepción de que somos parte de un todo. Esta visión holística de la organización como sistema se puede borrar de un plumazo con los trazos de diseño de los espacios de trabajo. Así llegamos a la ilusión de que yo soy lo que hago y mi parcela es lo que importa.

Esta fantasía crece, y del «yo» pasamos a «mi departamento»; así vamos desplazando la frontera de la individualidad para meter en ese campo propio a más «de los míos». Nos juntamos con aquellos a quienes percibimos como iguales, pero deberíamos explorar la idea de que crecemos con los diferentes.

Así, las redes y las comunidades, son importantes para que la persona crezca.

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Siguiendo con el sistema organización, podemos encontrar ejemplos interesantes de desarrollo colectivo en experiencias como las Comunidades de Práctica (CoP): un espacio común, en el que se juntan personas diversas; un espacio creado desde la libertad y el deseo de crecer, germinado en la historia y explotado en la sociedad del conocimiento.

Masajear el músculo organizacional para que estas experiencias de comunidad sucedan (bien porque se impulsa su constitución o bien porque no se impide que emerjan), es complejo.

En estas CoP, la generosidad de sus miembros está al servicio del desarrollo colectivo. Y las personas que están dentro lo saben, por eso lo practican. EnREDarnos supone crear redes, lleven el nombre que lleven, en las que yo doy para recibir más, en las que yo abro mi puerta para dejar que entre aire fresco.

Este acto de encontrarnos, no sólo las iguales sino también las distintas, nos obliga a activar competencias que en estos días están algo desentrenadas: escucha, voluntad de entendimiento, suspensión de juicios previos, actitud empática y también capacidad de sorpresa.

No sé si esta última podríamos calificarla de «competencia» como tal, pero me gusta resaltarla porque la seguridad deseada -anhelo de difícil alcance- nos mantiene, consciente o inconscientemente, en nuestros espacios conocidos. Esta dinámica bloquea la entrada de nuevas experiencias o personas que siempre nos pueden regalar algo sorprendente; porque, en última instancia, la capacidad de ser sorprendidas la tenemos nosotras mismas.

Esta suerte de parcelación también la encontramos en el emprendimiento, en el que cada una llevamos nuestra apuesta por la vida e invertimos tiempo en visibilizarla y rentabilizarla y esta carrera nos exige tanto que, en ocasiones, olvidamos mirar hacia los lados para buscar enredarnos.

Conocer iniciativas, formas de hacer, de ver, pensar, explorar y explotar, nos permite crecer, a mí y a mi proyecto.

Por eso en Emakumeekin nos buscamos, nos encontramos, nos reconocemos y conectamos: para seguir creciendo juntas.

Contamos contigo el próximo 16 de junio, #Neskworking es un evento de networking pensado para que todas crezcamos juntas y avancemos. Reserva tu plaza aquí.

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