Emprender puede ser una tarea solitaria que requiere mucha energía. Durante la puesta en marcha y mantenimiento en el tiempo de un proyecto, debemos capear los temporales que nos encontramos en el camino. Recuerdo hoy la frase de una amiga que decía “ahí fuera hace mucho frío”. Esa afirmación la he tenido presente en muchos momentos; especialmente, en aquellos en los que, desatendiendo señales de alarma, hubiese agradecido decir no, como en el título.

Reconozco que no soy muy fan de los post-receta tipo “10 soluciones para…” o “4 señales de alarma por…”. Pero, en este caso, creo que nos puede servir de gancho útil para reconocernos en algunas situaciones de las que aprender. A mi me sirve haber pasado por algunas de ellas y haber escuchado a mujeres que han estado en otras. Así que seguiré escribiendo.

Cuando hablamos de a qué señales prestar atención para evitar situaciones complicadas en las que agradeceríamos haber dicho no, sí quisiera subrayar algo: dichas señales (de alarma) no suelen ser claras ni aparecen como luces fluorescentes de carretera advirtiéndonos del peligro; al contrario, muchas veces se nos cuelan, sutiles, y nos pillan de sorpresa.

Observación y escucha para identificar situaciones de alarma

Pero ¿cómo podemos activar nuestros dispositivos de observación y escucha para tenerlas en cuenta y mejorar ese momento de decisión clave (si-no)?

Aquí os dejo algunos ejemplos de muestra que nos pueden ayudar a evitar esas situaciones en las que aceptamos algo de lo que luego nos podemos arrepentir:

1.- La frontera de nuestros valores. Nuestras creencias son un buen indicador para saber si la respuesta a una propuesta debe ser afirmativa o negativa. Cuando nos enfrentamos a una demanda que choca con esos valores, en estos casos, el aviso es claro. Sufrimos porque esa propuesta o esa persona defienden algo que impacta frontalmente con creencias profundas. Sabemos que si aceptamos ese trabajo, estaremos durmiendo mal unos cuantos días, semanas incluso, sintiéndonos culpables por no habernos negado a hacerlo.

2.- El intento por complacer a otras personas. Es difícil reconocer que no vamos a satisfacer las necesidades o deseos de nuestros clientes o colaboradoras al cien por cien. Es más, ni lo vamos a lograr, ni deberíamos desearlo. Somos seres humanos y no podemos gustar a todo el mundo. Debemos tenernos en cuenta y pensar en qué es lo que nosotras queremos o necesitamos, más allá de lo que a otras personas les gustaría tener u oír. Reconozco lo fácil que es decirlo y lo mucho que cuesta.

Esto podemos hacerlo extensivo también a los productos que creamos; tampoco van a satisfacer a todas las personas. En este caso, nosotros debemos valorar (y sabemos hacerlo) si lo que hemos creado tiene calidad suficiente como para llevar nuestro sello. Ya sabemos (si somos sinceras con nosotras mismas) qué es lo que hemos hecho bien y qué podría mejorarse. Así que ¡ojo con pasarnos en nuestro intento por complacer! Preguntémonos antes qué tal lo vemos nosotras y, por supuesto, ¡no nos hagamos trampas al solitario!

3.- El miedo a las consecuencias de nuestro no. Que levante la mano quien no haya sentido temor al rechazar una propuesta o a una persona. ¿Y si no me vuelven a llamar? ¿Y si la cliente se enfada conmigo? En estas circunstancias, son las emociones como el miedo, las que nos dan pistas para saber si lo que estamos aceptando, lo asumimos porque lo deseamos o porque queremos evitar una futura situación temida.

Por ejemplo, digo que si a un proyecto pero, desde el principio, veo que la demanda del cliente o de la cliente no está clara, o que me va pidiendo extras que no estaban negociados, o que me está mareando porque lo que le doy no está siendo exactamente lo que deseaba. Y ante esto, no digo que no por miedo a tener un conflicto. ¿Qué me está queriendo decir mi miedo?

4.- El alcance de mi responsabilidad. ¿Hasta dónde llega nuestra responsabilidad? ¿Y hasta dónde nuestro sentido de la responsabilidad? Son cosas distintas. ¿Debemos hacerlo todo nosotras? ¿Realmente “esa” pelota está en nuestro tejado o nos la colocamos ahí porque sentimos que tenemos que hacer algo con ella? Puede que sí, que, efectivamente, con la tarea o encargo que nos hacen, nos sintamos interpeladas y pensemos que debemos tomar las riendas. Pero, cuidado, porque nuestro sentido de la responsabilidad nos  puede llevar demasiado lejos, tal vez hasta lugares en los que no deberíamos estar.

Aprender a decir no

Decíamos en el primer párrafo que emprender es un trabajo duro. No siempre podemos rechazar ofertas que nos llegan; nosotras tenemos que comer, necesitamos facturar. Entonces ¿qué podríamos hacer para no vernos atrapadas en situaciones en la que hubiésemos deseado haber dicho que no?

Lo primero que se me ocurre es que tal vez no podamos evitarlas; tal vez debemos asumir que cometeremos errores, viviremos esas situaciones y lo que podemos hacer es tener herramientas para contrarrestar los impactos nocivos que puedan tener en nosotras mismas y en nuestros proyectos.

Sabiendo que no podemos escapar a la  propia vida sino que tenemos que aprender de ella, aquí comparto unos “trucos” que a algunas mujeres nos han ayudado a evitar o llevar mejor esos momentos:

  • Darnos tiempo: si sentimos que algo no nos encaja, no acaba de convencernos, nos chirría y no sabemos exactamente por qué, démonos tiempo. Podemos preparar una frase estándar como respuesta para ganar algo de tiempo y poder contrastar esas “señales” con la almohada o con personas de confianza.
  • Tener una seria conversación con nosotras mismas: hablábamos antes de hacernos trampas al solitario. Pero esta técnica dura poco. En ocasiones nuestro subconsciente nos da señales que nosotras ignoramos (por ejemplo, se me olvida que he quedado con un cliente, solapo citas con esa misma persona, envío mails con fallos tontos que no suelo cometer…). En estos casos podemos pararnos, sentarnos y tener una conversación honesta con nosotras mismas: ¿qué está pasando aquí? ¿por qué me está sucediendo esto extraño con esta persona o en este proyecto?
  • Entrenarnos en el no: si sabemos que nos cuesta dar un no por respuesta, podemos entrenar ese músculo. Identifiquemos situaciones en las que no hemos podido hacerlo, en las que nos hemos visto atrapadas al aceptar algo no del todo deseado. ¿Cómo hubiese sido decir a esa persona que no? ¿De qué modo podría transmitirlo sin que se sienta ofendida? ¿Cómo comunicarlo sin que yo misma me sienta mal? Podemos hacerlo delante de un espejo o ensayarlo con alguna persona de confianza que nos de un buen feedback.

Decía al comienzo que no soy muy fan de los post tipo 10 razones y sus posibles soluciones. La vida no podemos reducirla a una casuística limitada basada en nuestras experiencias. Pero estas vivencias si que pueden ser ejemplo que nos ayuden a pensar en qué situaciones nos cuesta dar un no por respuesta y cómo podemos trabajarlas para no arrepentirnos después.

¡Ánimo, y que no se nos olvide, ni somos perfectas ni podemos serlo! Así que ¡feliz aprendizaje!

aprender a decir no

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