Según la OIT, un 20% de las personas empleadas han sufrido violencia o acoso laboral, encontrándose un porcentaje similar de denuncias entre mujeres y hombres cuando hablamos de acoso moral o mobbing, mientras que tratándose de violencia y acoso sexual la mayoría de denuncias provienen de mujeres (Carmen Bueno, 2024).
En mi trayectoria laboral, he observado cómo se “fabrican” trabajadoras fieles, sumisas y obedientes, fundamentalmente por miedo a ser excluidas, ridiculizadas o despedidas. La consecuencia evidente es el silencio de muchas voces que impide reconocer las verdaderas necesidades de cuidado dentro de los equipos.
Optar por romper ese silencio y pasar a la acción resultó vital para mí. Elegí otra forma de entender y vivir el mundo laboral. Sin paralizarme, dejando atrás la sensación de impotencia por creer que nada puede cambiar. Elegí formar en prevención del acoso laboral para transmitir valores que sostienen el respeto, la dignidad y la igualdad en el entorno laboral.
Y acompañar a personas que se enfrentan diariamente a entornos de alta presión —como el social, del que provengo, o el policial, en el que ahora desarrollo mi emprendimiento— implica identificar cuándo el maltrato se oculta bajo la apariencia de disciplina, obediencia y autoridad, justificando prácticas que generan inseguridad, miedo y un agotamiento mental y emocional profundo.
Para avanzar hacia entornos laborales más sanos y seguros, propongo atender tres aspectos clave que me permiten diseñar un acompañamiento en el que el cuidado pasa a ser un valor estratégico:
- Identificar señales del maltrato encubierto, desde comentarios sutiles que minan nuestra confianza hasta la sobrecarga intencionada de tareas para poner a prueba nuestra capacidad.
- Formar redes de apoyo para compartir experiencias, validar emociones y fortalecer nuestra capacidad para responder ante situaciones adversas.
- Desarrollar un liderazgo positivo, priorizando una comunicación abierta y segura, y transformando las buenas intenciones en acciones concretas y sostenibles, como espacios de supervisión o coaching confidencial y protocolos claros.
Porque un trabajo sano y seguro para todas no es solo un deseo: es un compromiso colectivo, una responsabilidad compartida y una construcción posible. La verdadera fortaleza está en hablar, poner límites y crear espacios donde el respeto y la seguridad sean innegociables. Solo así avanzaremos del silencio a la acción y construiremos juntas un futuro laboral más justo y saludable.
Autora: Sonia Guerrero




