Habitualmente, estos primeros días de septiembre se ciernen para algunos de nosotros/as como nubes grises que presagian la vuelta a la rutina, con todo lo que ello conlleva.

Para algunas personas, el retorno a la vida real significa simplemente eso. Sin embargo, a otras, el tránsito a la realidad se les hace más difícil. Quizá por no contar con un elevado grado de satisfacción con la vida o por la lectura que hacen de sus circunstancias y expectativas, afrontan estos días con irritación, tristeza (la famosa “depresión” post-vacacional) y otro tipo de emociones que pesan como una losa, hasta que, finalmente, quizá ya entrado el otoño, llegue la resignación.

Sea cual sea tu caso, he pensado que compartir algunas reflexiones sobre la autoestima pueden ofrecer un balón de oxígeno ante este reto de volver a la “normalidad”. Al fin y al cabo, una autoestima positiva es una necesidad básica del ser humano y se ha comprobado que puede influir de manera determinante en nuestra manera de enfrentarnos a la vida y en las relaciones que tenemos.

En primer lugar, la autoestima está estrechamente vinculada con nuestro autoconcepto, con la imagen que tenemos de nosotros/as mismos/as, es decir, con la percepción y el conocimiento que las personas tienen de sí mismas.

A partir de ese conocimiento, las personas realizamos una valoración que refleja nuestra autoestima. Esa valoración, positiva o negativa, tiene un fuerte componente afectivo. Es como la estima, el cariño o el desagrado que sentimos hacia otras personas, pero dirigido hacia nosotros mismos.

¿Qué cuestiones influyen en la valoración que hacemos de nuestra persona?

Dado que nuestra identidad se compone de diversos roles, actividades, relaciones y pertenencias, las personas que cuentan con una visión positiva en muchos de estos ámbitos son menos vulnerables ante sucesos negativos o fracasos en una faceta determinada. Metafóricamente, se juegan la partida a muchas cartas y diversifican su apuesta.

Por otro lado, la valoración que hacemos depende también de los estándares o personas con las que comparamos nuestros rasgos y atributos. Podemos optar por hacer comparaciones descendentes, con personas de menor valía que nosotros/as en un aspecto concreto, como forma de proteger nuestra autoestima o podemos hacer comparaciones ascendentes que pueden actuar como acicate o revulsivo positivo. Sin embargo, hay ocasiones en que no podemos elegir con quién compararnos.

Me estoy acordando de lo inevitable de las comparaciones entre hermanos/as. El resultado de ese tipo de comparaciones afectará en mayor o menor medida a nuestra autoestima, dependiendo de la importancia que tenga para nosotros/as el rasgo que comparamos.

Igualmente, las personas también nos comparamos con las construcciones mentales de lo que nos gustaría ser (yo ideal) o lo que deberíamos ser (yo responsable). Fruto de esas comparaciones surgen valoraciones que afectarán profundamente a nuestra autoestima.

En todo caso, la alta autoestima, en el sentido de saludable y lejos de la personalidad narcisista, está relacionada con el bienestar físico, social y psicológico. Además se ha comprobado que las personas contamos con estrategias que, de manera inconsciente, utilizamos para proteger nuestra valoración. Estas herramientas resultan positivas si sirven para protegernos de nuestra autocrítica despiadada, pero ¡ojo!, siempre y cuando no manipulen en exceso la realidad, porque de lo contrario, no habrá margen para la mejora y el aprendizaje.

Por ejemplo, nuestra tendencia a atribuir los éxitos a nuestras características personales y los fracasos a causas situacionales (sesgos en atribución favorables) o el efecto “mejor que la media”, gracias al cual pensamos que estamos por encima de la media en capacidades y habilidades.

Si leyendo estas líneas piensas que tú no haces uso de esas estrategias protectoras puede ocurrir que estés utilizando el sesgo del punto ciego, según el cual tenemos tendencia a pensar que somos menos proclives que el resto a cometer errores o percepciones de este tipo.

Recapitulando, volver a la rutina después de un periodo vacacional supone una adaptación al medio. En palabras de Charles Darwin, “no es la especie más fuerte la que sobrevive, ni la más inteligente, sino la que responde mejor al cambio”. En este proceso, la autoestima saludable juega un papel determinante.

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Te dejo algunas cuestiones para la reflexión… ¿Qué efecto tienen en ti las comparaciones? ¿Son siempre “odiosas”? ¿Piensas que existen diferencias de género a la hora de construir nuestra imagen?

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Imagen: Miren Lauzirika.

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