El pasado viernes he asistido a la presentación del curso MBSR (Mindfulness Based Stress Reduction) a cargo de Susana Zaballa, presidenta de EmakumeEkin y socia de Interalde. Este curso comenzará el próximo 19 de mayo y se desarrollará durante 8 semanas, a razón de una convocatoria semanal de dos horas y media de duración. El compromiso mínimo es de 45 minutos diarios a esta práctica.

Buff!!!!

Mi primera emoción al conocer la exigencia del programa fue esa. Y por los comentarios de otras personas asistentes, me da la sensación de que no fui la única en pensar que lo que inicialmente se presentaba como un salvavidas contra el stress (que ya se ha convertido en amigo íntimo de mi existencia), iba a suponer una gran pieza más a incorporar a ese ya de por sí colapsado puzzle de mi vida.

La siguiente sensación fue: ¿de verdad merecerá la pena este esfuerzo? Duda. La eterna duda. ¿Por qué?

Porque tratar de liberar cada semana dos horas y media, más el tiempo de desplazamiento de ida y vuelta, junto con la dedicación diaria de 45 minutos, implica tal cantidad de ajustes a nivel personal, profesional y familiar que me resulta extenuante y estresante sólo imaginarlo.

Y claro, estamos acostumbradas/os a hacer que toda la maquinaria haga ajustes de este tipo cuando se trata de llevar a las criaturas a la podóloga o al dentista, cuando alguna de ellas se pone enferma, cuando tu pareja se enfrenta a circunstancias personales o profesionales en las que vas a apoyar, pero cuando se trata de cuidarte tú… ¡Eso es otra película! Ahí surgen las dudas, aunque tengas la fortuna de contar con los recursos y la ayuda necesarios. ¿Merecerá la pena tanto esfuerzo? En definitiva, ¿merezco la pena YO?

Antes de comprometerme definitivamente con Susana y, lo que es más importante, conmigo misma sobre asistir y participar en este curso, voy a reflexionar sobre esta cuestión. Y voy a hacerlo contigo en este post. ¿Me acompañas?

Lo que pretendo compartir contigo, tiene que ver con algo que leí precisamente anoche antes de dormirme. Estoy leyendo un libro de Luis Rojas Marcos sobre la Autoestima y en un apartado del mismo, este eminente psiquiatra hablaba de que el primer requisito imprescindible de la autoestima es la capacidad humana de ser auto-consciente, es decir, de ser capaz de pensar en lo que pensamos y en lo que sentimos. Es el don de la introspección.

Rojas Marcos escribía a continuación sobre enfermedades como el Alzheimer y la demencia que roban a las personas esa capacidad de ser conscientes de quiénes son. Yo he visto lamentablemente los estragos de estas enfermedades en mi propia abuela y suscribo lo que Rojas Marcos afirma, en el sentido de que una vida así, no puede ser llamada vida.

Al hilo de esto, estoy pensando que una vida en la que la mayor parte del tiempo vivimos en piloto automático, pensando continuamente en el pasado (que pasado está) o en el futuro (lleno de deberes, obligaciones y responsabilidades) es algo demasiado parecido a vivir sin ser consciente de ti, sin ser tú.

Y en este punto, anoche se me puso la carne de gallina. Dejé el libro en la mesita y cogí aire profundamente.

¿Realmente quiero vivir así? ¿Ausente mentalmente de lo que me está ocurriendo la mayor parte del tiempo? Aunque esta dinámica de tener la cabeza repleta de quehaceres me regale un espejismo de productividad, de eficacia y de tía super-woman. No me compensa. De verdad. Quiero pensar que el día que me “pire” al otro barrio, si me da tiempo a pensar un instante antes y hacer un mini-balance, además de todas las maravillosas cosas que haya hecho, será la certeza de que las he vivido plenamente consciente, lo que les dará sentido. Si no es así, será como haber vivido la historia de otra que no soy yo.

¿Qué espero que el mindfulness haga por mí ante este reto? Ayudarme en el entrenamiento de romper con las preocupaciones y los deberes que me rondan la cabeza perpetuamente y de centrarme en el aquí y en el ahora. Afrontar las tareas de una en una. Saboreando un café rápido a media mañana, una frase ingeniosa o aburrida en una reunión, una diablura de mis hijos o una sonrisa de complicidad interna para conmigo misma. Y para eso necesito: paciencia y aceptación. Hacia mí. Como decía Susana, conducirme con amabilidad a donde quiero estar, sin presión, sin juicio, como un acto de amor a mí misma…

Intuyo que no me va a resultar fácil. Es toda una vida de hábitos en la otra dirección, pero lo que no cuesta, no vale, ¿no?

Con todo esto, creo que voy a empezar a barruntar cómo sacar ese tiempo las próximas semanas y el resto de mis días, porque más allá de poder asistir o no a este curso, en el ejercicio de estar presente “me va la vida en ello”, ¿no te parece?…

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Imagen: Miren Lauzirika

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