Hace un par de meses El País se puso en contacto conmigo. Alegría inicial. ¡El País sabe que existo!. Su suplemento de moda dirigido al sector femenino principalmente, quería recabar mi opinión sobre “por qué las mujeres aún no piden matrimonio a los hombres”. Estupor e incomprensión. Abrí bien los ojos para leer de nuevo la pregunta que se me planteaba: ¿Por qué no hemos normalizado que las mujeres pidan matrimonio a los hombres?

¿Es posible que esta pregunta sea aún pertinente en el siglo XXI? Entiendo que se trata de un acto íntimo de la pareja, y que como cualquier otra decisión íntima, es adoptada de una manera dialogante y consensuada. Otra cuestión será la escenificación que se realice respecto a la decisión de formalizar y legalizar la relación afectiva.

Utilizo el término neutral pareja, dado que hoy en día es posible el matrimonio entre personas de ambos sexos.

Recapacité, respiré hondo, y muy a mi pesar, me respondí que si un medio de comunicación de máxima audiencia, se hace eco de este tema, es que entienden que esta cuestión interesa.

De hecho, en el artículo publicado por la web de El País, en el que se recogen opiniones de varias profesionales, se presentan datos de un estudio estadounidense realizado entre estudiantes universitarios, en el que se constata que dos tercios de las personas encuestadas expresan su deseo de que sea el hombre quien se declare; ni un solo varón indica que prefiera que lo hiciera la mujer.

Así que me puse manos a la obra.

  1. Etimología del término. Analicemos la propia expresión utilizada: “pedir matrimonio”. La palabra matrimonio proviene del latín matrimonium, la cual proviene de matrem (madre). La palabra matrimonium significa en origen el status jurídico de una mujer casada y la maternidad legal, el derecho a ser la madre legítima de los hijos de un hombre, y todos los derechos que de ello se derivan para la mujer.
  2. Estereotipos. Con esta connotación jurídica e histórica, no es de extrañar que se hayan construido ciertos estereotipos en nuestra sociedad. Los estereotipos sobre mujeres y hombres condicionan e influyen a un nivel mucho más determinante de lo que nos imaginamos, y en lo que a nosotras nos concierne, estos estereotipos condicionan e influyen en el emprendimiento como se desprende del estudio del que nos hacemos eco en este post sobre “los estereotipos en las mujeres emprendedoras
  3. La escenificación de la pedida de mano en el cine. Respecto a la puesta en escena, debemos hablar de las imágenes que se nos han trasladado a través del cine. Románticas escenas de “pedida de mano” están incrustadas en nuestra memoria colectiva. Filtramos la realidad en función de esas poderosas imágenes y generamos pensamientos distorsionados. “Si no me pide en matrimonio, no me quiere”, “No me quiere lo suficiente”, “No está enamorado”, “No le importo; si no, se hubiera preparado una pedida de mano más original”.
  4. Pasividad. ¿Cómo hemos llegado a asociar estas ideas y sacar estas conclusiones? Por la cultura que se ha creado de la mujer dependiente, mujer paciente, mujer pasiva, a la espera del “príncipe” valeroso que la salvará del hastío o la pobreza.

Gracias a Emakumeekin tomé conciencia de todos estos factores psico-sociales que influyen en el emprendimiento de las mujeres. En definitiva, sobre los estereotipos y cómo nos delimitan. Somos la eterna paciente. Penélope, modelo de virtud. Y esa actitud podemos trasladarla a todos los ámbitos: relación con clientes, proveedores, a la hora de establecer alianzas… No queremos ser avasalladoras, respetamos los tiempos de los demás para no importunar, y para cuando nos damos cuenta, nos han comido la tostada. Los hombres en general no esperan. Sin perder esa delicadeza, empatía, escucha, simpatía, orientación de servicio, cualidades propias de las actitudes femeninas, debemos desarrollar otras habilidades más asertivas y proactivas, porque la delicadeza sólo está en nuestras mentes. Para nuestros clientes, lo que para nosotras es tener en cuenta a la otra persona, significa pasividad, inseguridad o falta de interés. Nadie va a estar esperando a nuestro producto o servicio. Las demás personas no son Penélope, y nosotras no somos Ulises.

Rompamos moldes. Vayamos a por lo que queremos. Demos el primer paso. No tenemos nada que perder, y mucho que ganar. En nuestros negocios, no tenemos que pedir matrimonio a nadie, ni hincar la rodilla en el suelo por nadie; sólo se trata de negocios. Porque somos mujeres, profesionales competentes, valientes, fuertes, miembros de una gran red. Afortunadamente, ya no tenemos que casarnos con nadie.

Este tema me dejó tan desconcertada que contacté con nuestra socia en Emakumeekin, Agurne Pereiro de Lovelogic, emprendedora, doctora en psicología y experta en temas relacionados con el amor y las relaciones de pareja. Terminamos este post con sus reflexiones.

También en el amor aprendemos y emprendemos. Poco a poco en las parejas heterosexuales las mujeres vamos desterrando el mito del príncipe azul como hombre que tiene que dar el primer paso en las diferentes etapas de la relación. Hoy las mujeres nos situamos en un plano de mayor igualdad, tomando la iniciativa a la hora de plantear la convivencia o de dar el primer paso, si se desea, de hablar sobre la posibilidad de contraer matrimonio civil o religioso. Lejos va quedando la pasividad de la mujer expresada en términos de “cuando él me lo pida”. Ahora se sustituye por el “cuando mi cuerpo o mi mente me lo pida”.

Esa misma actitud de mayor seguridad en nosotras mismas, de creer y saber que valemos, de quitarnos el vestido rosa de princesa cuando nos apetece, facilita que cada vez más mujeres decidamos emprender en campos muy diversos. También es cierto que, además del miedo a lo desconocido, el rol asignado culturalmente de personas cuidadoras y responsables últimas de la buena marcha del hogar, hace que en ocasiones frene ese impulso de poner en marcha nuestro proyecto profesional. Incluso si finalmente iniciamos dicho proyecto, ese mismo rol de mujeres comodín y salvadoras de situaciones límite, léase “el niño o la niña se ha puesto malo y hay que ir a recogerlo al cole ya”, puede boicotear sutilmente nuestra empresa.

La pregunta es: ¿nos iría mejor en el emprendimiento recordando que el “príncipe” del siglo XXI es corresponsable del hogar y que superwoman no existe?

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